Éramos tres sentidos.
Sobre la cama deshecha éramos todo gusto y tacto y olfato.
A oscuras, con las persianas bajadas y el aire acondicionado encendido, éramos todo cuerpos desnudos gustándonos y tocándonos y oliéndonos.
No sé cuántas manos, cuántas decenas de dedos me recorrieron, cuántas lenguas me besaron, cuántos labios tatuaron sobre mi piel la incandescencia de su deseo.
Sólo sé que disfrutamos a oscuras, con las persianas cerradas y las piernas abiertas, las bocas prestas y tardas las manos, todo suave y muy despacio, hasta el orgasmo que a cámara lenta hizo que el telón se cayera y se cayeran los párpados.
Después, entre bambalinas, bajo las sábanas, todo besos, sólo abrazos, a oscuras, en su regazo, bajo sus labios, entre sus manos, y luego el sueño y el descanso.




